
Hace unos días, cuando estaba por salir para el IPA, unas de esas llamadas inoportunas y desubicadas me arruinó las pocas ganas que tenía de ir. De todas formas salí, anduve un rato por la calle, entré a TA- TA, compré cigarros y pensé que lo mejor sería hacer un poco de tiempo y regresar cuando ya no hubiese nadie.
Caminando llegué hasta la plaza del entrevero y como esa plaza siempre me gustó mucho y la noche húmeda no estaba muy fría, decidí sentarme un rato mientras miraba la fuente.
Tenía trabajo para hacer, así que como tenía papel y lápiz me puse a escribir. En eso estaba cuando una voz masculina me habló al pasar por detrás del banco en el que estaba sentada. Siguió caminando y aunque no me di vuelta noté que se había detenido unos pasos más allá. Yo seguí en lo que estaba, aunque no podía desprenderme de esa presencia que cerca de allí me observaba. No quería mirarlo porque imaginé que si lo hacía sería una invitación a que se acercara. Pasaban los minutos y yo cada vez más curiosa, hasta que por fin lo hice... ¡oh, sorpresa!
Era un chico muy guapo, 35 años, me enteré después, muy bien vestido, además. En fin, mi suerte empieza a cambiar, me dije.
Comenzamos a charlar, le pregunté por qué se había quedado allí tanto tiempo. Contestó que le había gustado y llamado mucho la atención que estuviese escribiendo. De ahí en adelante la conversación se dio con fluidez entre los dos, así como un montón de coincidencias: se llamaba Adrián, era licenciado en letras, profesor de "Comunicación" en la UTU, le gustaba mucho escribir, estaba haciendo un curso de diseño gráfico y quería ir a Londres por un tiempo para estudiar inglés. Mucho que hablar, mucho para decir.
Al rato de estar ahí, me invitó para que fuéramos a tomar algo juntos y seguirla. Me gustó la idea y acepté. Fuimos a Ruffino, y entre sangría y sangría (muy buena, la recomiendo) conversamos más, mucho más, hablamos sobre todo de literatura (obvio) pero también, a medida que el vino comenzaba a hacer su efecto de cosas más personales. Sentados, frente a frente, la luz algo íntima, imagino que también la bebida hizo que de a poco se fuese poniendo más osado, comenzó por tomarme de la mano, y decirme cosas bonitas, que mezcladas con la charla yo iba dejando pasar. Cuando esto ya no fue posible decidí tomar la retirada y luego de un último brindis por el encuentro, la grata compañía y lo ameno del intercambio, salimos.
La despedida no fue tan agradable como el encuentro, él se empeñaba en que aún era temprano, yo en que era demasiado tarde, él en besarme, yo en caminar, y no es que no me gustaran sus besos, tenía labios carnosos y suaves y besaba con intensidad. Finalmente, la lucha la gané yo, era hora de irme a dormir (y no precisamente con él), no le gustó mucho la idea, claro, es una lástima, era un chico muy agradable y me hubiese gustado volver a verlo. Él se lo perdió por impaciente.