viernes, 13 de febrero de 2009

La ilusión del amor

Ya no era una mujer joven. Tampoco era vieja pero su edad de la piel al aire, de la ropa breve, había pasado. No conocía el amor y sin embargo, soñaba con él. Quizás haya sido por esto que aquel día cuando lo vio pasar frente a su puerta sintió esa alegre sensación en el cuerpo que nos avisa que aún estamos vivos, esa ansiedad que con calidez nos embriaga y hace que cada momento del día sea destinado a imaginar cómo será sentir sus besos, sus brazos alrededor de la cintura, su risa iluminado el alma.
Temió que el hechizo se rompiera, temía acercarse y ser rechazada.

Cuando finalmente pudo hablar con él y le contó sobre sus planes, él no la retuvo y aunque sus palabras eran de esperanza, no dijo nada cuando ella decidió partir.
Se fue lejos, a París, trabajó mucho, se esforzó. Poco a poco veía más cerca el momento de regresar a los brazos de su amado. Todo lo que ganaba, lo invertía, compró ropa y zapatos lujos, se tiñó el cabello. Pensando que ningún sacrificio sería poco para complacer a aquél que la esperaba allá lejos, se sometió a una cirugía tras otras, los muslos y la cintura, la nariz y los pechos, los labios, las arrugas.

Cuando sitió que todo estaba listo para su regreso, cayó en la cuenta que todos sus ahorros se habían ido, y volvió a levantarse temprano, a deslomarse por unos pesos, sus zapatos nuevos se gastaron por las calles de París, sus trajes y su pelo perdieron color, su maravilloso cuerpo nuevo se añejó, la flacidez y las arrugas volvieron a su justo lugar.

Finalmente, dispuso de lo necesario para el viaje, así que regresó, esperando encontrar al hombre que una vez dejó, soñando con que la esperaba.










Se llamaba Manuelita y vivía en Pehuajó.



Manuelita vivía en Pehuajó
pero un día se marchó.
Nadie supo bien por qué
a Paris ella se fue,
un poquito caminando
y otro poquitito a pie.
Manuelita una vez se enamoró
de un tortugo que pasó.
Dijo: '¿Qué podré yo hacer?
vieja no me va a querer;
en Europa y con paciencia
me podrán embellecer'.
En la tintorería de París
la pintaron con barniz,
la plancharon en francés
del derecho y del revés,
le pusieron peluquita
y botines en los pies.
Tantos años tardó en cruzar el mar
que allí se volvió a arrugar,
y por eso regresó
vieja como se marchó,
a buscar a su tortugo
que la espera en Pehuajó.

2 comentarios:

HUGO dijo...

Yo por suerte no tengo estos problemas; vivo solo,gasto poco y que alivio no sentir parloteos de mujeres jajajjajajaja.

PD: la imagen del perfil parece de una "canibal".

Viperina dijo...

¡¡¡La de tonterías que llegamos a hacer las mujeres por amor, madre mía!!! Toda la vida currando para agradar a un hombre, y cuando por fin vuelve con él, ya ha desperdiciado los mejores años...Será que soy poco romántica, pero yo, desde luego, si me fuera a París sería para pasarlo en grande y vivir mi vida, no para estar a la altura de nadie.
Besos, amiga.